El pequeño Bill era osado y atrevido. En las fiestas Navideñas, pasaba de escribir cartas a los Reyes Magos, porque según él eso era algo del pasado, una costumbre arcaica que solo hacía deforestar los bosques y enriquecer a las compañías postales. Pasó la tarde delante de la pantalla de su ordenador portátil trasteando por la red. Visitó la página web de Los tres Reyes Magos pero lo que buscaba no lo halló. Entró tambien en foros, pero al final la misma información aperecía una y otra vez en todas las páginas, lo que le llevó a plantearse si internet no era un camelo, donde un porcentaje altísimo de web ofrecían exactamente lo mismo. Consiguió un número de teléfono que creyó sería su salvación. Mientras esperaba oír una voz humana hubo de aguantar estoicamente media docena de villancios. Después de dar sus datos personales finalmente un tal José se ofrecía a hablar con él. Bill le dijo lo que quería y José hubo de contenerse para no romper a reír. Lo siento mucho dijo, pero los Reyes Magos, no disponen de correo electrónico, de momento, dijo al intuir que lo que oía al otro lado de la línea eran sollozos. Bill no podía creer que en plena era de la información, la forma más rápida de hacer saber a los Reyes los regalos que quería, fuese escribiendo una carta. Pero se mantuvo en sus trece y no escribió su carta. El día de Reyes no obstante bajo el arbol iluminado había cajas con papel de regalo y dentro de ellas, los regalos que quería. Extrañado preguntó a su madre cómo era posible que los Reyes, Baltasar, su preferido en su caso, supiera sin habérselo escrito. Su madre, le dijo, que lo de la carta era sólo un trámite, porque los Reyes, sabían perfectamente qué regalos eran los que cada niño quería. A Bill le pareció que la conexión telepática era aún mejor que la conexión virtual y que los Reyes eran más listos de lo que se creía.