No es país para viejos libro de Cormac McCarthy
Después de ver una película generalmente pocas ganas me quedan de leer el libro en el que se ha basado la misma (el caso contrario lo frecuento más a menudo, algo inevitable si te gusta la literatura y el cine dado que este último se nutre cada vez más de novelas, en detrimento de los guiones originales), entre otras cosas porque ya se sabe qué va a suceder y cómo, si bien es evidente que son formatos diferentes y que la personalidad de los personajes y la descripción de ambientes gana más en la literartura a pesar del poder innegable de la imagen.
Había leído que el libro de Cormac McCarthy (del que recientemente comentaba su último libro La carretera, Premio Pulitzer 2007) del que los hermanos Cohen han hecho su película No es país para viejos, que le ha valido a Javier Bardem el Oscar al mejor actor secundario por su papel del asesino Chigurh y a ellos el Oscar 2008 de mejor película y director, guardaba muchas similitudes con la película, tantas como para afirmar que el guión y el libro eran una misma cosa. No estoy de acuerdo con esta aseveración, lo que me lleva a pensar que algunos periodistas escriben de oídas, sin haberse leído el libro y sin haber hecho por tanto los deberes. Está claro la película se basa en el libro, que comparten el mismo título, que aparecen los mismos personajes y que algunas frases son reproducciones de las escritas, pero la película a pesar de los elementos formales comunes, aporta novedades, por omisión y no es fidedigna al libro al 100%.
Por una parte, el libro da mayor peso específico al sheriff Bell, el cual nos va desgranando su forma de ver el mundo, los cambios que ha experimentado éste ante sus cansados ojos, y de hecho es el protagonista de la historia, como viejo que es, donde los viejos valores se han ido deshaciendo ante el aumento estentóreo de la violencia desmedida y las drogas. En ese escenario antaño pacífico donde nunca había quedado un caso sin resolver, en un polvoriento poblado del estado de Texas y a punto de jubilarse surge un ser demoniaco llamado Chigurgh que irá tiñendo la tierra y las tapicerías de rojo con la sangre derramada. Los crímenes se suceden hasta contabilizar una docena, pero las buenas artes del frío asesino, que no deja testigo vivo, hace que el sheriff sólo pueda sentir impotencia ante ese criminal al que no consiguen poner cara y cuyo caso irresoluto marcará el fin de su carrera, como representación de la derrota a la que se suma la consumación de ese secreto que alberga en su interior, donde el heroísmo y el cobardismo es una moneda de dos caras hecha del mismo material.
Por otra parte, Chigurh surge en escena, porque Moss, antiguo soldado en Vietnam, un día de caza se encuentra (un encuentro que no es casual, porque Moss ha de caminar un buen trecho, ver cadáveres desparramados por el suelo, incluso dejar morir a un sediento maleante, y luego huir río abajo sorteando los disparos, para poner a buen recaudo su botín) algo más de dos millones de dólares, perteneciente a un cártel de la droga mexicano, y en lugar de dejarlo en su sitio y dedicarse a sus cosas y seguir oficiando como soldador, se lo lleva a a su casa, complicando así su existencia y la de su mujer, la joven de 19 años Carla Jean. Ese acto de ambición, de querer arrglar su futuro apropiándose de lo ajeno, pone a Chigurh sobre la pista de Moss, convirtiéndose su horizonte vital a partir de ese momento en una cacería del hombre.
La película no termina igual que el libro, tras el accidente donde los involucrados también difieren, las últimas páginas se ocupan de los pensamientos de Bell. A su vez, en su huida y ya herido, Moss recogerá una autoestopista menor de edad, que unirá su fatal destino al de Moss, una joven que no aparece en la película.
McCarthy emplea un estilo de prosa directo, de frases cortas copulativas, que imprimen celeridad a la historia desgranada con muchos diálogos (muchos de ellos de transición, superficiales, donde plasmar ese sinsentido que es la existencia). Esas interesantes reflexiones que Bell se hace sobre el tiempo presente, sobre lo que implica amar a un país, los jóvenes devenidos en surtidores de sangre joven derramada allende los mares en guerras lejanas, asuntos como la eutanasia o el aborto, el papel de la gente corriente (sin sentido peyorativo), la falta de educación, los problemas reales como el vandalismo y el asesinato (que reemplazan otros asuntos considerados problemáticos décadas atrás en las aulas como mascar chicle por ejemplo), no aparecen en la película, donde la figura de Bell, queda desdibujada, porque lo que prima en este thriller es la caza del hombre, ese juego del gato y del ratón donde la intriga pasa por saber si las palabras de Chigurh, ¿ya sabes como va a acabar esto, no?, se harán realidad o no.
A pesar de que la película resulta interesante y Bardem borde su papel de frío ejecutor, al que escogieron porque en el libro todo parece apuntar que Chigurh es extranjero, creo que la esencia del libro se ha perdido y en lugar de invitarnos a reflexionar, la apuesta fílmica ahonda más en la atracción de la violencia, en los ojos desorbitados y acerados de Chigurh, en su estilo depurado de erradicación de seres humanos a golpe de cara y cruz. Chigurh es un hombre de principios y propiciador de finales ajenos. Le dí mi palabra a tu marido, le dice a una de las víctimas, le dí mi palabra de que te mataría. Pero si él está muerto, no tienes por qué hacerlo replica ella. Le di mi palabra, dijce el…. y una palabra suya bastará para matarte.