Lorenzo tenía los ojos pequeños, pequeñas las cejas y las pestañas, los molares y los incisivos. Era corto de vista y de entendederas pero tenía un miembro descomunal que enseñaba sin disimulo a todo aquel que quisiera ver un pene con forma de chorizo pamplonica. Algunos decían que no sabían donde acababa y donde empezaba, que el glande tenía forma de alcachofa, que era asqueroso, que era un don. El caso es que la polla de Lorenzo, siempre estaba en boca de todos. Martita era una joven procaz y desenvuelta, proclive a Poderoso peneexperimentar con todo lo bebible, comestible y fumable. Lorenzo era virgen y cuando rara vez se masturbaba acababa agotado, más que un estibador trabajando de sol a sol decía. En misa de doce, desde el banco de las féminas, Martita lanzaba miradas lascivas a Lorenzo, sobre el que resbabalan, ajeno a los juegos amatorios de las mujeres, reconcentrado en tratar de entender las palabras que profería el cura, ese día dedicadas al perdón y a la entrega. Hay que darse a los demás, era el mensaje. En la plaza, Lorenzo tiraba piedras contra el muro, así pasaba las tardes de ese verano achicharrante. Antes de anochecer, mientras las niñas y niños corrían al pilla pilla y los adolescentes tonteaban por el sendero arbolado que llevaba al río, Martita se acercó a Lorenzo. No se le escapaba al zagal la longitud de la minifalda de su compañera de banco a la que saludó efusivamente moviendo ambas manos, como si las palabras no fueran suficiente para mostrar su alegría. Pocas veces una chica tan guapa se acercaba a él. Pensaba que algo tenía que ver con el tamaño de su pene, pero era un pensamiento, que como todos los de Lorenzo, eran vaporosos, como la visión a través de una mosquitera, en la que solo intuía el volúmen y forma de las ideas, que nunca llegaba a concretar y menos a asentar como conocimiento. El caso es que allí estaban los dos mirándose sin disimulo. Ella le preguntó si estaría dispuesto a enseñarle su cosita. Él dirigió su mirada a la entrepierna. ¿te refieres a esto? dijo serio. Sí, replicó ella. ¿A qué viene ese careto?, apostilló. Es la primera vez que alguien le llama “cosita” dijo Lorenzo ofendido. No quiero discutir dijo ella en tono conciliador, la llamaré cómo tu quieras. ¿Tiene algún apodo?. Ella, la llamo “ella”. Me gusta el nombre dijo ella. Vayamos a un sitio más apartado dijo Martita tirando de Lorenzo. Anduvieron unos metros hasta la salida del pueblo, por un sendero paralelo al río, donde las parejas acudían a confesarse amor eterno y colmar sus deseos. Buscaron la sombra de un árbol y se escondieron detrás del ancho tronco que los hacía invisibles a la vista de los demás. Él se desabrochó el pantalón y bajo sus calzones hasta las rodillas. Ella miró sin mostrar el menor asombro. Espera, dijo él. De repente lo que parecía insignificante tomó unas proporciones colosales, donde antes había algo penduleando, ahora había un trozo de carne rosada que ella a duras penas lograba agarrar con las dos manos. ¿Puedo jugar con ella?, dijo rezongante. Toda tuya, dijo él. La golpeó contra la corteza del árbol varias veces y todavía se hizo más grande. Martita no daba crédito. Era mucho más espectacular de lo que todos decían. Notó como en su manos se había impregnado una sustancia viscosa. La olió y la llevó a su boca, paladeándola. Él la miraba desde la distancia que imponía su miembro, enmarcando las cejas. Sin pensarlo dos veces Martita, impelida por un instinto irrefrenable, mezcla de lujuría y de gula, abrió la boca todo lo que fue capaz y trató de hincarle el diente a esa pieza de carne. Ante la imposibilidad de poder cumplir su objetivo ella sola, pidió a ayuda a Lorenzo. Esté, a regañadientes, le ayudaría empujando su cabeza una vez que ella hubiera franqueado la parte más exterior. Ella se agarró a sus pantorrillas con toda su fuerza y él dió la acometida convenida. Entonces como una compuerta cualquiera, los dientes ciñeron la carne. Lorenzo gimió, primero de placer y luego de dolor. Ella seguía boqueando agarrado a sus diminutas columnas hercúleas. Lorenzo volvió del goce sobrenatural al que había sido transportado y tocando tierra firme, dirigió sus manos a la cabellera de ella. Movió su cabeza y trató de separarla. Sintió miedo, el pánico lo inundó, le faltaba el aire y su miembro, por cuenta propia, se contrajo. Martita cayó a un lado con los ojos fuera de sí. En brazos, sin demora, Lorenzo, temiéndose lo peor la llevó a casa del Doctor Pascual.
Tras examinarla, Pascual llamó a la Guardia Civil. Lorenzo contó lo sucedido, con pelos y señales.
Lo condenaron a cadena perpetua. Lorenzo no quería seguir viviendo. En la cárcel no había nada que le ayudara a quitarse la vida. Por una vez en su vida, una idea ocupó su cerebro, despejando todo lo demás y dándole el ánimo necesario para aguntar hasta su final. Comenzó a hacer flexiones a diario. Ganó en elasticidad. Seis meses después de ser encerrado sentía que estaba preparado. Cuando apagaron las luces, se sitúo en el centro de la cama y comenzó a masturbarse. Le costaba encontrar algo que alimentara su fantasía sexual. No tenía mujeres cerca, ni revistas. Los hombres tampoco le ponían. A medida que iba trabajando la carne, ésta fue ganando en consistencia. Llegado el momento, Lorenzo giró el cuello de izquierda a derecha repetidas veces, hizo la señal de la cruz y fue bajando al encuentro de ella. Sintió la carne rosada, palpitante, húmeda. Ella sería su salvación. Bajó todo cuanto pudo y se ayudó con ambas manos. Sintió una arcada pero siguió bajando hasta el infierno liberador. Sintió la falta de aire, sus párpados se cerraban. Ella, la misma que le había llevado a la trena, le abría la puerta hacía el paraíso.