Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.
Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.
Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.
Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.
Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.
Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.
Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.
Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.
Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.
April 26th, 2008 at 1:14 pm
La maldición de Orfeo sigue funcionando…
April 26th, 2008 at 2:54 pm
arenas…así es…pero la tentación y las dudas son muchas…