Tililan las luces, como mechas prendidas en la penumbra. No hay ruido tras el cristal, sólo un silencio expansivo, algodonado, que se amorra al colchón y enerva el vello. Crepitan las luces como las ascuas del sarmiento. Las calles ahora vacías, libres ruidos de pitos, de atascos, de gritos. La quietud es total. Sólo las yemas de los dedos sobre el teclado, la eterna letanía. El rostro reflejado en el monitor. Los Dioses arriba ya descansando, los humanos aquí abajo esperando nuestra hora, o nuestro minuto, o quién sabe, quizá un segundo. Luces que se apagan de repente, geranios que sangran agua y chorrean, aviones que se alejan dibujan sobre la pizarra del cielo figuras con rotuladores blancos. Las farolas vigilan y los serenos duermen el sueño de los justos.