Soñé con el prado verde. La naturaleza asfixiada bajo los escombros. Los animales muertos y el verde agrisado. Vi las luces apagadas, la música sonando en sordina, las velas tililando. Sonaba la canción y en mitad de la pista la pareja de enamorados arrastraban los pies, juntando las bocas, intercambiando saliva, recorriendo con la lenguas las oquedades, hasta hacer vibrar la campanilla. La voz del cantante arañaba las paredes, sacaba brillo a las copas, lustraba los mocasines y rezumaban los cuellos de la camisa sudor. Alguién voceó algo. La música cesó. Luego ruidos de motores y neumáticos rechinando. Seguí las rodadas y mi vista se fundió con el azul crepuscular. Hacía frío, la piel tiritaba, de gallina era. Nos juntamos para darnos calor, los brazos alrededor del cuello. Entonamos una canción, un himno, y las servilletas eran las banderas. Nuestra legión la formaban dos miembros pero dábamos tanto miedo como una ristra de panzer. Nuestras afonías como chicharras molestas ofendían y giramos sobre nosotros mismos, hasta quedarnos sobre el mismo punto, marcando los pasos. Mira que paso de baile, dijo antes de caer al suelo de bruces, junto al charco. Me servirá la acera de almohada. Vamos es tarde. Lo que había que hacer se hizo y lo que no lo dejaremos para más adelante. Amanecía. Se estaba bien dentro del coche. De regreso a casa, dormimos, cosiendo nuestros ronquidos al ruido monocorde del motor.