No quería llenar la mesa del escritorio de migas y decidió salir a almorzar a la calle, para lo cual cogió el cuchillo que guardaba en el armario. Lo oculto en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se acercó a la panadería donde cumplió el ritual diario. Con un panecillo redondo y hueco dejó la tienda, sacó el cuchillo en plena calle e hizo un corte limpio en el pan que amortajó con una servilleta y guardó en la mochila. Proceder a rellenar el bocadillo era una operación que precisaba hacerse sentado sino quería acabar lleno de lamparones. Lo hizo apoyado en la balaustrada que rodeaba un árbol centenario en el medio de la plaza del Mercado. A su lado, un peregrino le miraba hacer, mientras su mirada se repartía entre la contemplación del mapa de la ciudad, donde afanosamente buscaba como llegar al albergue y los quehaceres de aquel personaje que con mimo iba disponiendo las sardinillas sobre el pan, como quien acicala a un muerto. Las bañó con aceite vegetal, tras horadar la miga y proceder con los dedos a impregnarla. Se levantó y dejó al peregrino con la mirada buceando en el mapa.

Antes de llegar a la biblioteca ya había finiquitado el bocata, se limpió los dedos de aceite y entró en la sala de lectura. Se sentó con cuidado de que el cuchillo no le cercenase media nalga y leyó el periódico. No encontró nada interesante en la sección por palabras, ni a nadie conocido en las esquelas, pero su corazón le pinchaba como si una sombra negra le aguijonease el ánimo y se encaminó a la estantería donde convivían pacíficamente los libros dedicados a las religiones. De un tiempo a esta parte había aflorado en su interior un interés desmedido por conocer la historia de las mismas y al igual que el alumno que busca la luz en el maestro, él quería ir a las fuentes para saciar su sed de conocimiento. Vio el Corán de Mahoma y al agacharse a cogerlo de las baldas inferiores, el cuchillo salió de sus escondrijo y cayó al suelo. Agarró el libro y una señora achaparrada que estaba detrás suyo, desde sus ojos anegados de cataratas, vio por este orden; su rostro barbudo, El Corán en la mano derecha, las asas de la mochila, y un cuchillo que se le antojó como una cimitarra. Despavorida echó a correr, arrastrando la pierna derecha por el pasillo, gritando como una loca que había un terrorista en la sala con una bomba. El subalterno se puso las gafas de cerca y al verla venir embalada se apartó y la señora como si tuviera las astas de un toro a un centímetro saltó sobre la mesa y dio a estrellarse de bruces contra los periódicos de los meses anteriores que amortiguaron su caída.

Sin perder un segundo el subalterno presionó el botón verde que había en el borde debajo de la mesa, junto a dos chicles secos. Un botón previsto únicamente para elementos terroristas. Sonó la alarma. Los que estaban más cerca de la puerta sin esperar más detalles, azuzados por el pitido zumbón de la sirena salieron pitando escaleras abajo hasta agolparse en portón, como si de un día de rebajas se tratara, sin poder salir, como toros bravos en el chiquero, porque el protocolo establecía que en casos así nadie debía salir del recinto, pues se corría el riesgo de que el terrorista no actuara solo.

Siete minutos más tarde las fuerzas de seguridad rodearon el edificio. Un helicóptero desalojó a media docena de hombres que se dispersaron por la azotea, descendiendo luego por las tres plantas del inmueble. En esos momentos Manuel que así se llamaba el presunto terrorista no daba crédito a cuanto veía y miraba con cara de circunstancias el circo que se estaba organizando, mientras su horizonte mental se poblaba de nubarrones cada más negros. Una voz que atronó por un megáfono le instó a no levantarse, a tirar el cuchillo y a poner las manos sobre la cabeza, pero Manuel quería llegar andando hasta el subalterno al cual conocía de sobra, para que diese éste cuenta a las autoridades de aquel malentendido. Con el Corán en un mano y el cuchillo en la otra, avanzó hasta la barricada donde cuatro agentes mantenían aferrados sus fusiles de asalto apuntándole. Esperaban instrucciones. No sabían lo que había dentro de la mochila pero los más suspicaces hablaban de kilos de explosivos, de que esto se veía venir con tanto moro en la ciudad… Murmullos que las fuerzas del orden hacían lo posible por acallar.

A través de los ventanales finalmente dos agentes lograron entrar en la sala, de espaldas al terrorista, y fueron sorteando los estantes hasta quedar a apenas medio metro del sujeto. Manuel siguió avanzando con el arma y el libro en alto. Se paró. Sintió la insoportable levedad del no ser, un eco sordo en comparación con el fragor de la pólvora, escuchó las respiraciones agitadas, la calma chicha y tensa que precede a la tragedia y se dispuso a guardar el cuchillo y el libro en la mochila, y entonces sonaron disparos y antes de que el cuerpo de Manuel tocara el suelo, dos agentes sujetaron su ser moribundo por los hombros, manteniéndolo de pie. Abrieron la mochila y hallaron un libro: Fe, verdad y tolerancia : el cristianismo y las religiones del mundo de Joseph Ratzinger. Miraron en su pecho y sólo encontraron un páramo frío, sin cables ni vida. Sonaron palmas desde el fondo de la sala y todos los allí presentes se felicitaron por la eficaz resolución del conflicto. Dejaron salir a los retenidos, que se fueron aliviados para sus casas con una historia que contar a sus mujeres, hijos, nietos o perros.

El subalterno se acercó hasta los agentes, y entre un amasijo de brazos y piernas azules metió la cabeza y vio a Manuel con barba de dos semanas exangüe y deseó estar él también muerto y dejó el edificio y cruzó el puente y sintió envidia del agua que lamía sus ojos y aunque todos le felicitaran ese día y los sucesivos, porque había hecho lo correcto, cumpliendo con el protocolo según lo establecido en estos casos, sentía las manos llenas de sangre y sobre el pretil miró de soslayo su dedo índice, ese dedo acusador que había supuesto la muerte de su amigo. Todo por un puto libro del que todos hablaban pero que nadie había leído.