El pequeño Joe tenía la cabeza embutida en un sombrero de fieltro de ala ancha. Su cuerpo diminuto temblaba como una hoja los días ventosos. De carácter glacial, sin amigos, divagaba solo por las calles, escupiendo en todas las direcciones. Frente al espejo gritaba hasta hacerlo añicos. El filo cortante provocaba pequeñas gotas de sangre en su dedo anular que chupaba con avidez. No lo sabía aún pero ya entonces era un vampiro.
Buscaba problemas y los encontraba con facilidad. Todos en el poblado estaban hartos de él, cansados de su mal humor, de sus salidas de tono. Lengua sucia le llamaban los pequeños, cuando pasaban a su lado. Él siempre tenía algún recurso lingüistico para apoderarse de la situación, para erigirse en el centro de ese huracán verbal. Dominaba las palabras mejor que los puños. Palabras afiladas, que cortaban unas, desgarraban otras, como un rallador de queso. Escupía veneno, tocaba la fibra de su adversario y muchos, los más, se alejaban entre sollozos, tristes de haber conocido al demonio bajo apariencia humana.
Querían matarlo o al menos perderlo de vista, pero en ese pueblo el valor no vestía hábito corpóreo y las palabras de Joe como estiletes iban y venían, mientras la leyenda crecía.
Un día soleado de mediados de junio llegó al pueblo un hombre portador de un gran bigote negro que le tapaba los labios.
Quiero conocer al pequeño Joe dijo en medio de la plaza. Esa y no otra fue su presentación. Las mujeres salieron de las casas, lo examinaron de abajo arriba y comprobaron que era aún más bajo que el pequeño Joe. Alguien, entre la multitud, lo llamó Pocacosa.
¿Eres a mí a quién buscas? dijo pequeño Joe, echando la cabeza hacia atrás, mientras con los dedos de la mano izquierda, alisaba el ala del sombrero, con un vozarrón que dejo sorprendidos a muchos, extrañados de que unos pulmones tan pequeños fueran capaces de generar tantos decibelios.
Pagarás por tus pecados, dijo el forastero, sacando un revólver de su bolsillo plateado que centelleaba como una sardina. Si tienes algo que decir, hazlo ahora, antes de que seas pasto de los gusanos.
Pequeño Joe miró a su alrededor, curioso, ante las miradas de ansiedad ofrecidas por la gente que les rodeaba cerrando el círculo.
Sonó un disparó y pequeño Joe seguía de pie, mientras caminaba hacia el forastero. Dos disparos después Joe estaba junto a Pocacosa examinándolo con igneos ojos. Le echó el aliento y buscó su cuello. Sonó un chuperreteo, similar al sonido de beber un zumo de pomelo con pajita. Pequeño Joe inclinó la cabeza hacia atrás, mientras la sangre caliente se desbordaba de su boca, por ambos lados, dando a su rostro un aspecto macabro, de marioneta infernal. Pronunció unas palabras que nadie entendió pero que todos estuvieron de acuerdo eran un tribujo al demonio. ¿qué otra cosa sino?
Pocacosa cayó al suelo, agarrado a su arma ensangrentada, con la expresión ida, de los que ya han expirado y van camino del más allá. Los ojos rojos de Joe barrieron a su alrededor, mientras la gente huía a esconderse en sus casas. La lengua absorbió los regueros secos de sangre de las comisuras, que luego paladeó. Pequeño Joe se sabía especial pero hasta ese momento no sabía que papel jugaba en esta Historia Universal. Azorado y contento volvió de nuevo sobre Pocacosa para calmar su sed. El cielo azul se tiño de rojo sanguíneo, oscurecido al instante. La era de las tinieblas comenzó entonces.