Quedaron en verse a las dos de la tarde. Cuando cruzó la esquina, ella le estaba esperando malhumorada. En el lugar acordado dos relojes que sobresalían de la fachada de una farmacia y de una tienda de chucherías, marcaban hora y temperaturas diferentes. Lo de la temperatura, le daba lo mismo, ni frío ni calor, pero que hubiera una diferencia horaria de cinco minutos lo desazonó. Ella le soltó a bote pronto, así de entrada, que odiaba a los hombres que siempre llegaban o se venían demasíado tarde, así como los que se venían o llegaban demasiado pronto,que buscaba un hombre puntual, exacto, preciso, ni sobrado, ni corto de tiempo. Sin darle opción a réplica, se despidió dándole la espalda, con la promesa de no verle nunca jamás. No existes más para mí, fueron las cinco palabras que le apuntalaron al asfalto.
A fin de restablecer el equilibrio orgánico y natural de las cosas, de poner un poco de orden en ese caos inopinado, entró en la tienda de chucherías y mientras compraba gominolas, barquillos y pistachos, le dijo a la dependienta, una cría que aparentaba tener doce años a pesar de tener los dientes amarillos, que el reloj de la entrada no iba bien. La joven le miró y se encogió de hombros. El viernes viene el encargado, habla con él si quieres. Agradeció el gesto y entró en la farmacia. Compró dos cajas de condones por hacer algo de gasto, y le comentó a la gruesa mujer de bata blanca que le entregó la bolsa con la compra que el reloj de la entrada fallaba. Al leer sobre la bata, que no se trataba de una ayudante de farmacia, sino de la mismísima farmaceútica, le apremió con la mirada, no había excusas posibles. La mujer le acompañó fuera, miró los tres relojes; el suyo de muñeca y los dos de la fachada y dijo que el suyo iba como la seda, al segundo. Llevaba razón.
No podía esperar hasta al viernes, así que por la noche, mientras la ciudad dormía, hizo el mismo camino de la mañana, trasegando unos tragos de ron. Alcanzó el punto donde su pretendiente lo había declarado inexistente. La remembranza del adios acaloró su ánimo, el alcohol enardeció la belicosidad agazapada, y llevado por un movimiento inconsciente, automático, cuajado de odio, lanzo dos piedras al aire. El tiempo se detuvo, su aliento también. No había querido sincronizar su reloj con el de ella cuando se besaron en la discoteca la primera vez y supo entonces que si perder era sólo cuestión de tiempo, estar allí a las cuatro de la madrugada, tiritando de frío, maldiciendo por un amor evaporado, también era perder el tiempo. Tiró su reloj junto a las piedras y los cristales rotos y camino de casa, sin tiempo y sin espacio para el remordimiento, apuró la botella hasta caer poco después redondo sobre la cama, mientras el cosmos, el planeta, el techo, giraban sobre él como las manecillas de un reloj al que no pensaba dar cuerda.