Miraba los tejuelos de los libros deambulando entre las estanterías, de país en país, de estilo en estilo. Arribó a la sección de la literatura italiana y encontró un puñado de autores para él desconocidos, excepto Camilleri, Baricco y los clásicos. Cogió uno al azar de un tal Piglia, y leyó sobre su vida, y el escritor era argentino, el cual como muchos otros argentinos tenía apellido itálico, algo nada extraño si nos atenemos a los jugadores de fútbol argentinos que hay en nuestra liga Española. Se encaminó con el libro hacia el mostrador. Cuando le llegó su turno, le comentó a la funcionaria que ese libro de un tal Piglia estaba en la sección destinada a los escritores Italianos cuando ese señor lo único que tenía de tal, era el apellido. La funcionaria cogió el libro, miró al usuario, volvió de nuevo la mirada al libro y sentenció con los ojos como dos brasas que aún son capaces de dar un buen plato de chuletas al sarmiento:

- no siempre depende de eso.

El usuario cabeceó atónito ante una contestación que no se esperaba. Si le hubiera replicado que ella no tenía competencias sobre el asunto, que debía hacer un escrito dirigiéndolo a la sección correspondiente, o que no le viniese con chorradas con la mañana que llevaba, se hubiera conformado, replegado, asumiéndolo con naturalidad, y quiso entonces preguntar de qué dependía, porque sino dependía el emplazamiento de los libros en sus respectivas estanterías y países, de la nacionalidad del escritor, aquello sería un caos y tendría que echar mano del ordenador, lo cual detestaba, pero la funcionaria ya lo había despachado, había dejado el libro junto a los libros devueltos y bajando las escaleras se preguntó si había hecho lo correcto, si acaso le importaría a alguien el que Piglia hubiese sido sentenciado a un exilio administrativo por culpa de un error funcionarial.

Se tomó un café solo en la máquina de la planta baja y regresó. El subalterno ya había devuelto los libros a sus estanterías, a Piglia también. Lo liberó sin miramientos, cogiendo las nueve obras del autor, en tres veces, retornándolo a su hogar, un hogar incompleto, porque no había ninguna estantería dedicada a los escritores argentinos, pero los dejó en el vientre de una estantería donde se apilaban aquellos libros pertenecientes a la literatura en lengua castellana. La probabilidad de que alguien se percatase del cambio era un riesgo a asumir, pero cuando salió de la biblioteca, respiró aliviado, porque sabía que Piglia llegado el momento, se lo agradecería, aunque él no fuese “El último lector” ni tampoco el primero, porque de hecho no había leído nada suyo.