A las 9,15 apareció por la consejería con el paraguas chorreando, colgó la chaqueta y prendió el ordenador y una vez hubo introducido la contraseña y bloqueado el terminal, se fue a la salita de reuniones donde le esperaban tres compás con los que estuvo charlando hasta pasadas las diez. Luego, de nuevo en su puesto, un compañero la requirió para echar un cigarro, y ella que no estaba acostumbrada a dar un no por respuesta le acompañó a la calle, donde fumaron bajo los soportales y a las diez y media pasadas, finalmente, se acomodó en su silla giratoria, miró con desdén la pila de papeles que había encima de la mesa, y que asomaban como chiquillos traviesos entre los cajones y se afanó con unos expedientes que sobre una silla se alzaban más de metro y medio sobre el suelo.

Pasadas las once y media decidió darse una tregua. Estiró los brazos y las piernas, se desperezó y decidió salir a almorzar. Regresó pasadas las doce y ya estaba de nuevo su amigo jugueteando con dos centelleantes monedas entre sus dedos invitándola a una café solo en la maquina contigua a la sala de reuniones. A su regreso de café tras el chute de cafeína y la impresión de documentos varios, poco antes de las doce y media, el compañero situado frente a ella a un costado del pasillo, le hizo una señal con los ojos y ella como un resorte cogió la chaqueta y los dos se perdieron por el pasillo en dirección al ascensor, buscando la calle.

Tras el cigarro ya era la una, y con las pilas cargadas, excitada por la cafeína y por los cigarros de antes, durante y después, cogió fuerzas para seguir peleando con los expedientes hasta las dos de la tarde. Mientras, atendió unas cuantas llamadas, hastiada, porque todas las llamadas, dos en una hora, una del marido y otra del hijo a los que atendió simultáneamente con el fijo y el móvil, eran para ella, acabando baldada, arrellanada sobre la silla. Miró entonces aliviada su reloj y su rostro se distendió al comprobar que las manecillas indicaban las dos. Fue entonces a la salita a tomarse un café solo en compañía de otros menesterosos, comentando la marcha del día, las andanzas de los hijos universitarios en época de exámenes, la sequía que se avecinaba. Pasadas las dos, ya no había que atender al público, luego no había requerimientos personales, y el teléfono en caso de sonar podía esperar. Pasadas las dos y media regresó a su puesto y estuvo leyendo con grandes risotadas los correos electrónicos recibidos en su buzón, la mayoría powerpoint donde se mostraban fotos de un polaco fornido, mensajes de autoayuda con música de piano o mensajes encadenadas en pos de la salvación no sólo personal sino mundial

Los más madrugadores fueron abandonando la oficina. Poco antes de las tres, le pidió a su compañero que no apagara el ordenador al irse, porque quería echar unas partidas al tetris y ese emplazamiento le venía mejor, en caso de que algún jefe de servicio se paseara por allí, pasadas las tres de la tarde, hora tras la cual sólo quedaban en la oficina ella y dos compis más. Sacó entonces un libro y entre página y página fueron cayendo los minutos hasta las cuatro y cuarto de la tarde, momento en el cual, después de siete horas en la oficina y muchas menos en su puesto de trabajo, se alzó, cogió la chaqueta y el paraguas y se fue para su casa.