Iban caminando cuando unos agentes les dieron el alta. Tras identificarlos quisieron ver el contenido de sus mochilas. Echaron entonces a correr hasta que les dieron alcance. Se resistieron, braceando y pataleando. Entre varios agentes los arrastraron por el suelo, se abalanzaron sobre ellos como si de un jabalí en celo se tratase y una vez esposados fueron a las dependencias judiciales. El forense observó las magulladuras en uno de los detenidos, una costilla rota, así como contusiones y hematomas por lo que ordenó que les practicasen las pruebas médicas pertinentes y su posterior ingreso hospitalario. Se organizaron manifestaciones en las calles de San Sebastián con pancartas y gritos en los que decían que la Guardia Civil torturaba y asesinaba, pidiendo justicia y la libertad para los presos. Se reunieron los familiares de los presuntamente torturados (digo presuntos porque la Guardía Civil alega que las lesiones son compatibles con una detención violenta tanto de sujeción cmo de contención) con el Defensor del Pueblo, pidiendo que todo el peso de la ley cayera sobre los torturadores. Amnistía Internacional, veladora de los derechos humanos, de cualquier ser humano, pidió una investigación independiente, exhaustiva e imparcial.
Cuando detuvieron a los jóvenes, en sus mochilas éstos no llevaban bocatas de chistorra, ni camisetas sudadas, sino dos pistolas con balas de verdad. Tras tomarles declaración, la Guardia Civil encontró dos zulos con 125 kilos de explosivos. No los querían al parecer para los fuegos artificiales de las fiestas patronales de Lesaka, sino para sembrar el pánico, el miedo, y quien sabe si llevarse unos cuantas vidas por delante, en pos de esa construcción nacional que paradójicamente pasa por destruir, tanto bienes materiales como personas. Estos presuntos torturados, con los que el pueblo y sus seres queridos se vuelcan, son también unos presuntos etarras, que presuntamente en cualquier momento podrían haber cometido algun atentado, sino les hubieran dado el alto, presuntamente apalizado y puestos a disposición judicial.
Si hubo tortura, los torturadores deberán pagar por ello y los jóvenes una vez en la calle volverán a sus andadas y en un futuro no muy lejano las próximas acciones bélicas llevarán su sello macabro que lamentaremos con minutos de silencio. Cada cual tiene un fin en esta vida. Unos tienen las manos blancas, también sus corazones y a otros les huelen las vísceras a polvora.