Nadando a las faldas del Everest

El ser humano siempre anhela superar sus límites y muchas veces los plasma en uno de los libros más estúpidos que existen, me refiero al libro de los Guinnes, donde uno puede vanagloriarse ante la humanidad de haber estado cuatro días y medio pegando patadas a un balón sin que tocase el suelo, o estar treinta días andando en bici sin descansar.

Este hombre de la foto, del que vemos media cara, no tiene pinta de estar gozando mucho con lo que está haciendo, que no es otra cosa que nadar, su cara es el paradigma del esfuerzo. Lo que se ve detrás de ese cabeza embutida en un gorro blanco es el Everest. El mozo está a más de cinco mil metros de altura, nadando un kilómetro, jugándose el tipo, porque el agua esta solo dos grados por encima de cero, respirando a duras penas, porque apenas hay aire tan cerca del cielo celestial.

¿Por qué lo hace, se preguntará algún curioso?. Para concienciar a la gente sobre el calentamiento global responderá el nadador británico. Sea como fuera, la foto me ha impactado. Viendo las burbujas uno pudiera pensar que el nadador se halla en una jacuzzi y que esas burbujas están conquislleando sus miembros apelmazados por el frío.

Qué me quiten lo nadao diría el británico al salir del agua, tiritando, gozoso de haber hecho otra proeza más que añadir a su curriculo heroíco.

Me viene en mente, una letra de Joaquín Sabina, de su canción Me pido primer..

“mi primera frontera se llamaba Joaquín”.

Hasta que no reconocemos nuestros límites no somos capaces de saltárnoslos, superarlos, derribarlos, ningunearlos. Por eso hemos de explorarnos, a fondo, masturbáción incluida si es preciso, para saber lo que somos capaces de dar. Y como antes hablaba de records absurdos y ahora de masturbaciones pues finalizo comentando que un tal Tudor Rosca, que con esa nombre seguramente será actor porno, tiene el record mundial en la materia, tras haber conseguido masturbarse 36 veces en 24 horas (y de nuevo me viene a la cabeza unos versos del Robe, de su canción Pedrá La vida desperdiciada, ¡tanta lefa para nada! “). Tras semejante esfuerzo, Tudor que seguramente acabaría pasado de Rosca, pidió una bolsa de hielo y un poco de loción para enfríar y tonificar su herramienta. Lo que todavía no sabemos (!!y me tortura tanta duda!!) es si el mocete es donante o no, y no hablo de órganos.