Lulo oyó voces fuera de su casa. Asomado a la ventana vio una multitud con machetes gritando a los cuatro vientos. Cogió una caja metálica e introdujo dentro su certificado de estudios y un teléfono móvil. Cerró la caja y puso la llave en su cuello con un cordel. Huyó por la puerta de atrás justo cuando la entrada a su casa comenzaba a arder. Corrió varios kilómetros hasta llegar al campo de refugiados de Nakuru, emplazado en el valle del Rift. Debajo de un árbol se reunió con amigos y conocidos del barrio, de la escuela. A pesar de su situación se abrazaron, alegres de estar vivos. Pasan las horas esperando la insuficiente ayuda humanitaria de manos de la Cruz Roja. Antes de ir al campo de refugiados pasó por una comisaria a denunciar los hechos. El policía de turno le quitó la caja que agarraba con fuerza tensando las falanges. La guardaremos nosotros le dijo un oficial malencarado. Lulo no opuso resistencia mientras acariciaba el metal bajo su camiseta. Hace ya varias días que no sabe nada de mi familia, ni ella de él. A medianoche se despierta en sueños, atetorrizado. Piensa que si le llaman al teléfono móvil, nadie atenderá su llamada, lo darán por muerto y aunque no lo está se siente como tal.