Desde ahora beberé sólo granadina para acordarme siempre de tu pelo, dijo Moncho entre sollozos al despedirse, agitado como una hoja otoñal, aferrado a la muñeca de Edurne, una niña de once años que lo miraba con ternura y asombro, e intentaba zafarse de las garras de su compañero de fatigas durante estas dos últimas semanas, tiempo en el que cual habían devenido uña y carne. El domingo de esa primera semana de setiembre ponía término a las vacaciones veraniegas y los corazones rotos y las promesas a incumplir se contaban por decenas. El futuro los centrifugaba a sus lugares de origen. Algunos seguían en contacto luego por internet, hasta el reencuentro del año siguiente. Moncho no quería volver al colegio. Detestaba las interminables mañanas frente a la pizarra, aguantando las peroratas de los profesores. Tenía sus sistemas de evasión; garabateba,dormitaba, hacía reír a sus compañeros con sus muecas, pero a mitad de mañana falto ya de ideas, debaja volar su imaginación, mientras la voz del profesor quedaba en sordina, sepultada por los pensamientos y recuerdos que le producián un cosquilleo en el espinazo.
Él quería ser como su padre, un manitas, saber hacer de todo, pintar un cuarto lo mismo que arreglabla una persiana o ser cancerbero. Su fama de portero le precedía y lo apartaba de la marginalidad a la que eran sometidos otros chicos de su clase. Faltaban pocos motivos para estar en el ojo del huracán de la furia ajena. Un defecto físico, unos kilos o dioptrías de más, alargar las eses al hablar, el amaneramiento en las formas, sacar buenas notas, atender en clase o apartarse del rebaño. La recompensa al esfuerzo eran las buenas notas y un ojo morado. Moncho se movía en la mediocridad, con aprobados raspados, que lo mantenían a buen recaudo y era respetado cuando enfundado con sus guantes ocupaba la portería y hacía palomitas para deleite de todos los muchachos de la clase, hermanados entonces en la pulsión que propiciaba el trajín del esférico. Edurne quedó en escribirle en contarle cómo le iba en el colegio, los viajes que iba ha hacer con su familia, los paseos que daba con su perro. Entre carta y carta pasaron los meses, comieron el turrón, sufrieron los primeros calores primaverales y se despedieron de los profesores y alumnos hasta el año próximo. Moncho regresó al campamento como cada año, eufórico. Su corazón latía más rápido de lo habitual y sentía un puño en el corazón, al tiempo que boqueaba como los peces fuera del agua. Miró a su alrededor pero no la veía. Recibió una calurosa bienvenida de algunos compañeros y fue a dejar sus cosas sobre la cama. Sintió una punzada en el corazón, el cielo nublado emponzoñó su ánimo. Luego alguien cogió su mano, por detrás, sintió un cosquilleo y se dio la vuelta. Era ella. Rió y pensó que al menos ese día, la vida para él era maravillosa.