Habida cuenta de que nuestra existencia es breve y el tiempo dedicado al ocio aún más, es menester seleccionar con tino los libros a leer, aunque esta constato que es una opinión muy poco secundada, dado que la mayoría de la gente, en el caso de que lea algún libro, no hace tantas cábalas, sino que acaba recurriendo a ese libro “del que todo el mundo habla”, sin importarles un bledo, la calidad literaria del mismo, o lo que es más importante, lo que pueden sacar en claro de su lectura, arrostrados por la popularidad de autores tales como Falcones, Larsson, Diehl, Asensi, Navarro, Sierra, etc.

Hace un tiempo que me regalaron, a petición propia, la heptalogía de Marcel Proust, titulada En busca del tiempo perdido. Llevaban ya los 7 volúmenes un buen tiempo cubriendo su epidermis de polvo en una estantería, hasta que un día, sin medir bien el alcance de mi acto, abrí el primer volumen. Un par de meses después me encuentro a punto de acabar el segundo volumen y con muchas ganas de empezar el tercero. No he llegado al ecuador ni mucho menos. Pero este no es el típico libro, como sucede en muchas películas donde todo queda atado al final, donde hay un misterio que resolver, un asesino al que poner cara, un malo que pagará por sus actos, no, el libro de Proust se disfruta página a página, es un universo, donde cabe todo, un arcón de recuerdos, del que el autor va echando mano, al tiempo que nos rememora sus vivencias y lo hace con una prosa que repele las frases cortas, de ahí que desde que comienzas un párrafo hasta que lo acabas lo más probable es que hayas perdido el hilo del mismo y debas volver una y otra vez sobre el mismo, algo que echará para atrás a una legión de lectores, máxime en una era como la nuestra basada en el titular, de ahí el éxito de periódicos gratuitos que se reducen a una impresión de meros titulares, donde estos son casi tan extensos como el cuerpo de la noticia, que dejan fuera de campo y no invitan a reflexión alguna, porque está claro que lo que se pretende es que la gente ni piense se formule juicio alguno sobre las cosas que suceden a su alrededor.

Como decía Extremoduro, “va a subir la marea (roja, añado yo) y se lo va a llevar todo, no veas si noto la fuerza”. Sí, la marea roja ha subido y muchos hemos sido muy felices, pero tras el resacón futbolero y la exaltación patria, hay que volver a lo de siempre, a la alta tasa de desempleo, a los muertos en la carretera, al abandono escolar, a los velos islámicos que amortajan la estulticia ajena, a las mujeres asesinadas por su condición de tales, a sufrir las consecuencias del calentamiento global, a los vertidos de crudo, a los robots que ya son casi humanos (al menos en apariencia), un escenario pues, alejado de los campos de fútbol, donde librar la auténtica batalla por la supervivencia, en donde una casaca roja con un escudo de tela es tanta protección como lo es la fina piel.