Hacía un calor de mil demonios sobre la campa desierta y todavía faltaba un rato antes de que el sol fuera borrado del firmamento. Sonó entonces sobre el escenario una batería, a la que se sumó el bajo y las guitarras eléctricas. Poco después el cantante con una capa púrpura por si había que salir volando, un gorro mexicano y el rostro pintado de blanco como una geisha, comenzó a cantar provocando el delirio. El humo de los porros creaba una bruma artificial, nubes embriagadoras, que velaban los movimientos del cantante, que en el suelo asemejaba una culebra, la cual giraba sobre sí mismo y se enroscaba, lo cual en la distancia podía entenderse como una autofelación o una invitación a su ejercicio. Sonaban las palmas y los gritos y las gargantas del público ayudaban y a menudo reemplazaban a la del cantante, que dejaba hacer, gozoso, al comprobar como sus canciones ya eran himnos generacionales que los allí congregados se sabían a pies juntillas, hasta el último gemido y requiebro de su voz arcillosa.

Cayeron bragas sobre el escenario, que el cantante olisqueó y luego hizo como si escupiera, como si se hubiera tragado media docena de pelos, lo cual encendió al público aún más, luego se las puso en la cadera y giró sobre ellas, dando pasos de baile sobre el escenario mientras cantaba el clásico “Putitas para el amor

“…siempre fuiste una putón, putón verbenero arrabalero, pero se me acabó el dinero y se me acabó el amor y lo que es peor el ron, así que adiós”…

cayeron también plátanos que impactaron sobre el cuerpo del cantante, que los cogió y peló con cuidado, como si fuera fruta madura cuando de hecho era un arma arrojadiza. Ayudó luego a una chica a subir con él al escenario y se tumbó en el suelo y la chica se puso a horcajadas sobre él mientras le pelaba el plátano y le arrancaba la braga a mordiscos y cubiertos por la capa la gente cantaba el estribillo de otro temazo “cuervo negro”..

“cuervo negro, bicho, déjame en paz, o te arrancaré las plumas y los ojos y tu sangre y me haré un gazpacho…”

Se levantó entonces un aire fresco que hizo encogerse a la concurrencia, frotarse las palmas y luego arrejuntarse los unos contra los otros, buscando algo de calor y todos juntos cantaron “El blues del chupapollas”, con los móviles en lo alto echando fotos en todas las direcciones, creando un climax de procacidad desmedida que se desató cuando el cantante llegó al momento cumbre con el tema ”chupa como una mujer lo que nunca tendrás como el hombre” y las parejas entonces se acaramelaron, y los que estaban solos buscaron a alguien huérfano como ellos y se rebozaron en el suelo reseco, las manos se buscaron, en frenesí de cremalleras, en fricciones de minifaldas, en bocas anhelantes, en cuerpos en pos de un deseo vertical, y el cantante que se dio cuenta del asunto, ante un público entregado al deseo, quiso añadir más leña al fuego y se derramó con un tema que fue un exitazo en el 69 “Los orificios del amor” y al tiempo que explicaba en su canción la funcionalidad de cada uno de ellos, el público que se la sabía de memoria se iba anticipando a la letra, y cuando llegaba el momento aquel bacanal era una masa informe de piel desnuda, reseca y resoplante, una bestia agonizante de placer, saciando un deseo atávico, entregado al delirio de la carne, a la impureza del desatino, llenando la campa de polvos, en una orgía que luego algunos vieron en sus casitas en internet, en lo que se conocería luego, como el “Revolcón Rock” que dado su habida repercusión social, solo tuvo una edición, pero donde sus asistentes confesaron haber vivido una experiencia incomparable, única e irrepetible.