Regresó del rastro callejero exultante, aferrando en su mano un ejemplar que había buscado durante años sin éxito en un sinfín de librerías. Un trasunto del que fuera el libro de cabecera de su abuelo, extraviado en sucesivas mudanzas. Se acomodó en el sofá, pasó las páginas con extremo cuidado, como si las yemas fueran bisturís en una intervención a vida o muerte. Algunas estaban pegadas y le costó trabajo separarlas con el abrecartas. El papel amarillento certificaba la vida apurada, las horas empolvadas. Halló pelos, pétalos secos de rosas blancas, manchas ocres más vividas en su centro, recortes de prensa y sintió un escalofrío al coger una fotografía en blanco y negro de una pareja que miraba al objetivo con las corvas vacías, que hacía de linde entre las dos partes de las que constaba el volumen.
La dejó en su sitio, pero la visión instantánea había alterado sus sentidos, astillado su equilibrio, amenazado su cordura y moldeado sus miedos. Cogió de nuevo la foto, esta vez con los ojos cerrados y al voltearla y abrirlos, leyó la inscripción en la que un tal Cesáreo les deseaba un feliz enlace, allá por el mes de abril del año 68. Sobrepuesto a la angustia, examinó la fotografía, reconoció la habitación, la lámpara de ocho brazos, el espejo barroco, el cortinaje suntuoso, a la pareja casada vestida para la ocasión, su idéntica sonrisa, su mirada ausente (ahora vacía).
En el rastro, el tendero se negó a devolverle el dinero a pesar de no que había transcurrido ni una hora desde la provechosa venta, pero él se empeñó en dejarle allí el libro, quitándose de encima la fuente de sus desvelos, alejándose sin volver la vista atrás. De vuelta a casa, mientras subía las escaleras sudoroso, decidió que nunca jamás compraría libros de segunda mano, dado que su corazón no aguantaría sorpresas similares, así como tampoco haría que le fuesen devueltos los libros prestados, porque a saber que esconderían estos en sus vientres paginados.