Creyó que la seguían. Las calles mal iluminadas acentuaban su angustia. Buscaba su sombra sin encontrarla. El sereno hacía sonar las llaves y sus pisadas eran ampliadas por la noche cerrada. Se escondió tras la puerta de forja dentro de un portal. El ruido de pisadas denotaban una presencia que se perdió calle abajo. Su corazón bombeaba, achicando el pánico que se propalaba por su organismo haciéndola tremolar. Sentía un vacío en el estómago y era dueña de un tembleque el cual no podía reprimir. Dejó el portal y el frío de la noche la agitó aún más, con un caminar vacilante y arbitrario más propio de un borracho. En el suelo había latas de cerveza y otras de cristal. Se acercó a ellas y vio la luna reflejada, un trozo de luz de la farola, la copa de un árbol, pero no su cara. Se pellizcó los mofletes, incrédula. Se buscó de nuevo, sin encontrarse. Cagada de miedo, sin poder mover más músculo que el corazón que seguía bombeando a su aire, vio una figura que surgía entre dos coches. Avanzó hacia ella y sonrió. Su cara le era familiar, pero no podía ser. Ella estaba en un pueblo que ningún GPS registraría y él era un actor famoso. Ató cabos. Sabía quién era él y agarró su mano extendida. Se fueron alejando, hasta que la oscuridad los devoró. Malcolm Crowe había cumplido su misión.