El deseo pintado de rojo anida en la alfombra, cambia de canal y planea sobre el asfalto caliente, humeante, sobre calles abarrotadas de turistas. La cerveza reposa sobre la mesa. El cristal helado, la brisa humeante, la pasión colmada. El timbre suena y ella aparece, meciéndose entre las jambas. El mismo cuerpo, el mismo rostro, la misma sonrisa. El macuto a la espalda y los libros sobre la mesa. La foto del Ché en la pared, las canciones de Guccini. El tintineo de su buen humor resuena como un sonajero en las manos de un churúmbel. El humo del porro inunda la estancia. Revolcados sobre la alfombra, se besan, se comen, se devoran, se chupan, se escupen su alegría en jirones de luna adheridos a sus conchas, duras, y grises como el cemento. Bajan las escalera al galope, golpean las puertas, corren hasta la esquina. El quiosquero los mira con gesto mohíno. La vida fluye, los minutos pasan, las horas se enhiebran sin prisa. Pasa un amigo al que saludan con efusión. Las manos sudadas. En la terraza reposan, frente a un Museo cerrado hace años. Risas y alborozo. Codazos y la música a tope. Canciones míticas. Recuerdos del pelo largo. Los dedos cansados, la espalda dolorida. Las ocho de la tarde y toda la noche por delante. Mensajes entrantes en el móvil. El chico que le gusta, la novia que le pone, la profe que les empalma. El sexo se amodorra en la entrepierna, a la espera, agazapado, hasta que llega el roce, la caricia. El soldado entra en acción, ruido de sables, cañonazos en la garganta y escaramuzas en el bajo vientre. Entrar, salir, movimiento, traslación, hasta que el acoplamiento marca el fin.