Es verdad que hay cosas que se escapan a la razón y es bueno que eso suceda. Si todo fuera lógico, si la razón tasase cada acto, nada sería dejado al azar y de antemano sabríamos el resultado de nuestros actos, lo cual resultaría aún más aburrido de lo que ya por sí es. Por eso cualquier manifestación artística es capaz de poner la imaginación al servicio de algo. Decía Guccini, en una de sus canciones que no soportaba la gente que no soñaba. Cierto, nada hay más triste que una persona sin esperanza, devorada por la monotonía. Son los sueños, las ilusiones, la esperanza de que algo cambie, de que algo venga, de que esa chica o ese chico se avenga a acompañarnos al cine, de que finalmente tu nombre esté en la lista de aprobados, lo que nos alimenta el espíritu, y entre esos días fotocopiados en papel de periódico, hay lugar para las canciones que nos emocionan, que nos ponen los pelos en punta, el nudo en la garganta y nos humedece el lagrimal. Una canción, un partido de futbol, un cuadro, un polvo mágico, son capaces de trastocarnos, de echar por tierra, nuestra firmeza, nuestra razón y convencernos de que sólo somos agua, mucha agua contenida entre músculos y huesos, agua que luego mojará la tierra, una vez muertos. Pero para eso ójala que haya que esperar, y mientras, a las jornadas en la oficina, a las conversaciones de siempre, a los te quiero a la carrera, a los encogimientos de hombros, las horas frente al monitor, añadiremos las canciones que forman ya parte de nuestra vida, las fotos en las que vemos lo que fuimos e intuimos lo que seremos, acumulando porqués en el cajón del escritorio, envidioso de esa montaña que ves cada mañana al levantarte, la cual cuando no estés, cuando nadie esté, seguirá en el mismo lugar de siempre.