Cuando al hablar te juegas la vida,

todo es silencio.

Buen libro lo último del escritor gallego Manuel Rivas. Después de dejar Los libros arden mal (pero cogen polvo que es un primor) en una estantería de mi salón, el escaso grosor de este libro y la falta de tiempo se aliaron para hincarle al diente a un libro en cuya portada, un niño con un parche en uno de sus ojos dispara sobre una señal de tráfico, donde viene una vaca negra sobre fondo negro. La historia transcurre en Brétema (lugar imaginado), en la costa gallega, poblado de traficantes de matute, que más tarde serían narcotraficantes, donde unos hacen y el resto miran para otra parte, o bien forman parte del asunto. Reina el silencio porque los que hablan más de la cuenta saben lo que les espera.
Rivas, rompe la estructura lineal en un momento dado para despistar al lector, pero esto es lo de menos. Los personajes son de esos que pasados una semana sigues recordando. Hay pasajes de gran lirismo, potentes, que te hacen sentir lo que lees, que notas que algo se agita en tu interior y por momentos ves el mar, sientes el oleaje y ves las planeadoras haciendo cosquillas al mar, mientras te amortaja la saudade.
Incluso Rivas se da la licencia de darle a su obra cierto aire de thriller, cuando uno de los personajes vuelve a su pueblo convertido en agente de la ley, para enchironar a esos que formaban parte de su horizonta vital de antaño, esos que tan bien conoce, incluido un gran amor, al que llega tarde de recuperar. Rivas siempre me ha gustado, tanto sus libros de prosa como de poesía, y aún más sus artículos periodísticos. Leí “El periodismo es un cuento (1997)” y se produjo el flechazo. Un idilio que todavía pervive.

La editorial Alfaguara, te deja leer las 25 páginas de libro por la cara.