Marcos fue a su trabajo como cada día. Quiere algo le preguntó Martina al verlo entrar por la puerta. Muy graciosa replicó él. ¿Desea precio para el coche, la casa?. Trabajo aquí. No tiene gracia. Espere. Marcelino apareció por la puerta. ¿Qué desea?. Me parece una broma de mal gusto. Esto es una compañía de seguros, si desea algunos de nuestros servicios estaremos encantados de atenderle. Trabajo aquí, no soy ningún cliente. Le tengo que pedir que se marche. No le conocemos de nada. Está bien me voy pero no tiene la menor gracia. En la esquina estaba Luis el quiosquero. Lo de siempre. ¿Qué siempre?. El Marca. Tome. Luis no me jodas, tú también. ¿Le conozco?. Coño, claro que me conoces, soy yo, Juanma, todos los días compro aquí la prensa desde hace cinco años. Creo que se equivoca de quiosco, es normal todos somos iguales, como champiñones. Ya, entiendo, está bien. En la cafetería Sienna paró a repostar. En la barra estaba su buen amigo Borja, que había dejado el instituto y ahora ponía cafés en la barra del bar. Lo de siempre. ¿Completo?. He dicho lo de siempre. Tome, aquí tiene una carta con los precios. Bien, póngame una tostada con aceite y un café descafeinado de máquina corto, con leche templada desnatada.
Juanma salió de allí muy mosqueado. La broma ya estaba tomando proporciones desmesuradas, y pensó que todos actuaban muy bien, demasiado, en especial su compañera Martina que era trasparente como papel de celofán y se mostró al verlo como si fuera la primera vez que lo veía.
Camino de casa, miró los escaparates de las librerías y en el portal llamó al timbre. Abre. ¿Quién es?. Soy yo, abre. ¿Diga?. Mama soy yo, Juanma abre. Lo siento se ha equivocado, aquí no vive nadie con ese nombre. Se sentó en el bordillo y vio como el viento que arreciaba se llevaba las bolsas de plástico y los folletos publicitarios lejos, y luego volvían arremolinándose en torno suyo, jugando con él.
Fue hasta el coche más cercano, y se agachó lo suficiente para mirarse en el espejo retrovisor. Cayó de culo, absorto. Volvió a intentarlo. ¿Quién eres tú? preguntó al rostro del espejo. Soy yo. No, tú no eres yo. Ya, yo soy yo y tú eres tú vaya novedad. Quiero decir que tu no eres Juanma. No, yo soy Miguel. ¿Y entonces yo quién soy?. Ni idea. Juanma fue a la bibiloteca pública y cogió un ordenador portatil con acceso a internet. Introdujo su DNI, en la base de datos de la seguridad social. Dni erronéo, introduzca un dni correcto. Caminó durante horas por toda la ciudad. Nadie lo reconocío, nadie le paró por la calle para saludarle, salvo dos jóvenes que le querían hablar acerca de la salvación celestial. No sé quien soy,¿podéis ayudarme?. Todos estamos perdidos. No, lo digo en serio, no son figuraciones, no sé quién soy y necesito saberlo. Hermano, para el señor todos somos iguales, no importa lo que hayas hecho, él te perdona y te mostrará el verdadero camino. No quiero el perdón, solo saber que está pasando aquí. Toma esta tarjeta, si quieres hablar te escucharemos. Gracias. Los vio perderse calle abajo. Cogió el móvil y repasó sus últimas llamadas. ¿Marta?. Sí, quien es. Soy Juanma, cómo estás. Bien y tú. También bien. Bueno y qué tal todo, bien, tirando ya sabes como son estas cosas. Si no es fácil, y qué me cuentas. Nada y tú, bien lo de siempre. Oye, cómo has dicho que te llamas?. Juanma. No conozco ningún Juanma. ¿Entonces porqué estamos aquí pegando la hebra?. Te confundí con otro. Hoy me sucede a menudo. Tengo que colgar. Juanma entró en una tienda de ropa, y se situó frente a un espejo. ¿Miguel?. No, Pedro. !Ah Pedro!. No está nada mal el ta Pedro pensó. Además su trabajo era una mierda, su madre una paranoica y su novia lo había mandado a freír esparragos hacía meses. Era cuestión de acostumbrarse a sus múltiples personalidades.