Cansado del círculo se pasó al trapecio. No le gustaba estar siempre suspendido, sin ángulos desde los cuales enfocar su realidad. Si todo se iba al traste, si algo se agitaba debajo de la tierra y comenzaba a girar, creando una enorme bola de nieve, el círculo encorajinado cogería velocidad hasta fundirse en el más allá. Sin embargo, pensó que dentro de un trapecio sería diferente. Estaría solo, lo sabía. Pero desde allí tendría su rincón, su propio ángulo y en caso de hecatombe, cuando todo se precipitase, su trapecio en caso de ponerse a rodar quedaría encallado en alguna grieta, a buen recaudo. Entonces, en ese momento, mientras los cascotes celestiales calasen la tierra, se mofaría de sus amigos de los círculos literarios que hasta entonces lo habían denostado, por haberse salido del tiesto, por haber querido ser diferente, por abrir horizontes y buscar nuevos ángulos cansado de aburridos radios y realidades con forma de pi.