Él la amaba con locura. Ella le correspondía con besos y abrazos y palabras que derriten la mantequilla y hacen enrojecer los tomates. Sólo quiero sinceridad le dijo ella el día que se conocieron. Nada de mentiras. No puede haber zonas de sombra en nuestra relación. Tú tenías tu vida y yo la mía, pero ahora nuestro sendero es sólo uno, estrecho y escarpado y lo vamos a recorrer juntos.

Cada noche hacían repaso de aquello que no le había gustado del otro, así se mofaban de sus respectivos amigos. Con su capacidad de análisis no dejaban títere con cabeza. Llevaban dos semanas saliendo y también metiendo y nochebuena estaba a la vuelta de la esquina. Ella lo invitó a comer y él accedió encantado.
Ella lo miraba de reojo durante la comida y él reía todo el tiempo hacía bromas con su padre, ayudaba a su madre en la cocina, incluso echó unas partidas a los videojuegos con su hermano pequeño. Ella era feliz. Al día siguiente quedaron en la cafetería para desayunar y tras el beso matinal, ella lo miró fijamente. Pareció vacilar, pero una vez recompuesta, quiso saber qué le había parecido su familia.
Él la miró de arriba abajo, reparando en cada pelo de su piel, en cada lunar, en sus atractivas curvas, en su apetecible ombligo, en esos hombros que lo hacían enloquecer. Tragó saliva y a su vez él también dudo. Bien, dijo. Lo pasé bien. Ella lo examino, borrando la dulzura de su cara, encogiéndose de hombros. Tenemos un trato, apostilló.
A él le costó arrancar. Comenzó por el hermano pequeño. Era un niño consentido que sólo sabía jugar a los videojuegos y nunca había leído un libro, era grosero y mal hablado, iba de gracioso y no tenía nada de que presumir. Ella guardó silencio, pero apreció su sinceridad. Pensaba lo mismo de su hermano. De su padre, él afirmó que le había visto empinar mucho el codo, que comía muy rápido y con la boca llena, y que se le notaba a lengua sus ideas izquierdistas. Que era un irrespetuoso con los curas y que no se podía hablar con él de otra cosa que no fuera de fútbol. Ella aguantó la estocada con valor y no pestañeó. Concluye dijo. Tu madre además de gorda, viste de pena, se ríe como una morsa y cocina bastante mal. Todo estaba salado. Le consiente todo a tu hermano y tu padre le trata como una sirvienta ecuatoriana, a la que se asemeja por su color de piel tostada. Basta dijo ella, saliendo del bar a todo correr.
Él supo que lo suyo fuera lo que fuera se había acabado. Que hay términos que se repelen y que la sinceridad ahoga el amor lo supo entonces y le sirvió mucho después.