Logroño es hoy una ciudad multicolor. Basta darse un paseo para ver gente de todas las razas en las calles. En el parque de la cometa, por ejemplo esta misma tarde, nos hemos juntado negras, rumanas y suramericanas cuidando ancianas, ancianos charlando de sus cosas o camino del hogar del jubilado, niños corriendo detrás del balón, niñas practicando bailes o saltando a la comba, adolescentes haciendo sonar el tubo de escape de sus motos, lolitas de cinturas inverosímiles que flotan al andar, peruanos trasegando unas birras.

Los grupos de niños son multicolores; blancos, negros, mulatos, pakistaníes, chinos adoptados, marroquíes, todos jugando y entendiéndose sin reparar en acentos extraños ni en las variedades cromatísticas de la epidermis. Son niños y están a otras cosas, los mayores ya nos encargaremos de atiborrar sus límpidas mentes con topicazos. Los adultos también nos mezclamos, le damos a la sinhueso con los vecinos rumanos, pakistaníes, peruanos que viven en nuestros bloques. El otro día uno de los vecinos que no podía ver en su televisor el canal de pakistán, su país, me tuvo agasajado en su hogar con zumos varios, mientras yo buscaba el modo de quitar el desbloqueo. No pude, pero charlamos, él de su país y yo del mío, o de nuestra ciudad y aunque la conversación parecía un chiste de Gila, pues entre que yo no hablo urdu y su castellano era básico, nos echamos unas risas, mientras corría el zumo por nuestros gaznates. En la próxima visita espero traerme la receta del couscous y les daré la de la tortilla de patata, o las de las patatas con chorizo a la Riojana, que me da que no aún no la han probado. La escalera siempre huele a especias.