Después de unas vacaciones, si son intensas y placenteras, uno llega a desconectar tanto que luego da mucha pereza entrar de nuevo en la rueda, asumir las obligaciones diarias, ver lo que vomita el televisor, oir los ladridos en las ondas, la ponzoña en los periódicos, repetir las mismas frases, los mismos diálogos, iguales gestos o muecas, similares reproches, atisbos de caricias. Algo de mí se quedó en el mar entre el oleaje, la arena y el salitre. Entre el canto de las gaviotas y los barcos a lo lejos faenando. Cuesta volver y uno llega a creer que podría vivir en vacaciones permanentes, si bien también es cierto que se disfrutan aún más porque son algo extraordinario después de un año de currelo, con anhelo de exprimir ese mes vacacional al máximo y poder cumplir al menos alguno de los sueños que uno guarda en el zurrón. Ahora hemos vuelto, al menos fisicamente, aunque parte de mi cerebro aún está por ahí divagando, surfeando mentalmente, en otra parte, en otro lugar…