Los domingos por la mañana, con la fresca, hoy mismo, que ha amanecido lloviendo, camino de la biblioteca, que abre los domingos, he visto las calles inundadas de papeles de propaganda, que algunos sacan de los buzones y desparraman por ahí, bolsas de basura abiertas en canal, papeleras desvencijadas, y arrancadas de cuajo y demás lindezas de este vandalismo urbano que muchos practican de madrugada.

Sería preferible que estos energúmenos si quieren destrozar algo, empiecen por sí mismos, golpeándose sus cabezas de aire comprimido contra la muralla del Revellín, lo mismo del golpe entran en razón, y alcanzan a comprender su estupidez, algo a todas luces improbable. Si les gusta pintar los muros o los coches, que se tatuen sus cuerpos y se pongan piercings en el esfinter, que igual les permita alcanzar el éxtasis, pero que dejen de tocar las narices, hacer ruido, y destrozar cuanto pillan.

La desgracia es que a esas horas, la policía anda a otros menesteres y es complicado pillar a esta gentuza con las manos en la masa, o con la chorra en la mano meando en cualquier portal.
Como ayer el día salió lluvioso, en El Parque del Ebro, no hubo botellón, pero cualquier fin de semana es desolador dar un paseo un domingo a primera hora y ver todo el césped lleno de cristales y vidrios, todo tirado por el suelo, con las papeleras a medio llenar, ramas de árboles arrancados, etc. El derecho a la diversión no implica, aunque muy a menudo sucede, arramplar con todo lo que tienen a mano. Al final todo lo que se rompe se ha de reponer y eso sale de las arcas municipales, de los impuestos que los padres de esos adolescentes y de otros muchos tenemos que pagar para que puedan seguir destrozando mobiliario urbano.

Si hace siglos era habitual aquello de !agua va!, donde la gente tiraba por los ventanales las aguas fecales, ahora en lugar de mierda, desde los balcones llueven nubes de polvo de las alfombras, y colillas de cigarros. Ayer por la tarde cayeron dos a mis pies. Mirando a lo alto, una señora asomada, ni se dio por aludida cuando la localicé. Esto es ya una práctica habitual. Me fumo el cigarro y luego zas, lo tiro por el balcón y el que va por la calle que arree. La mala educación está ya a todos los niveles, porque la señora en cuestión, a pesar de los rulos y la redecilla en la cabeza andaría por los cuarenta, así que ésta no entiende de edades.

Podría hablar también largo y tendido de los hombres del barrio, que como si de un paso de Semana Santa se tratase, van en grupo, de bar en bar, jurando y escupiendo al suelo a cada rato, con el palillo entre los dientes, dejando una estela a vinacho rancio.