viajar es un placer ciudades inolvidables
Hay ciudades a las que uno sueña con volver, como Roma, por ejemplo. Después de la visita, siempre quedan cosas que ver, calles que recorrer, monumentos que contemplar, restaurantes en los que deleitarnos con la gastronomía italiana. Así que cuando nos es posible, cogemos la maleta y regresamos, con ilusión de seguir conociendo una ciudad que nos encandila, que idealizamos en la distancia pero que de nuevo en ella, no nos defrauda, pues nunca deja de sorprender, pues las ciudades siguen evolucionando, o quizá evolucionamos nosotros, que lo vemos todo con otros ojos.
Un amigo mío acaba de regresar de París, tras un viaje de cuatro días. Lo ha visto todo ha dicho, o al menos lo más importante. Eso sí, han andado mucho, hasta acabar reventados. Para ello han contado con la información detallada y exhaustiva que le ha proporcionado la hija de una amiga. Un guía de fabricación manual, que les ha permitido ahorrar tiempo y moverse de modo éficaz para no dejarse nada, o el menor número de cosas en el tintero.
París, al igual que Roma es otra de esas ciudades que enamora. Como me ha dicho mi amigo. “París es una ciudad a la que hay que regresar, no como Londres“. No he tenido ocasión de ir a Londres así que no sé que ocurrirá el día que vaya. Si la ciudad me tocará el corazón de tal modo que me hará regresar o no, pero cierto es que París es una ciudad bella, viva y vital. Con una belleza monumental evidente que supone un deleite para los sentidos, de esas ciudades que se disfrutan caminando de plaza en plaza, de barrio en barrio, de iglesia en iglesia, de bar en bar, de restaurante en restaurante. Además, junto con la española, la gastronomía Francesa es de las más reconocidas a nivel internacional. Si bien, cuando vamos de turista rara vez podemos disfrutar de la verdadera cocina francesa, y solo rascamos la superficie, comiendo lo típico: el entrecotte con patatas fritas, la baguette, el café au lait y los croissants matinales.
Hay otras ciudades como Helsinki, Gotemburgo, Estocolmo que merece la pena visitar, ya que soy de los que piensan que hay que visitarlo todo, al menos una vez, pero que no me dejaron esa huella, ese veneno, que solo una nueva visita, sirve como antídoto. Lisboa es otra ciudad que engancha, que me suministra agradables recuerdos y alimenta la evocacion de los buenos momentos, esos a los que aferrarse cuando al echar la vista atrás, hacemos balance de los placeres vividos.
Si tuviera que visitar una ciudad por última vez, porque el mundo se acabase mañana, iría a Roma sin dudarlo, recorrería sus plazas, comería focaccia hasta hartarme, tomaría un café bien cargado y me adentraría en una pizzería en Trastavere y allí esperaría el final con una sonrisa en el rostro y la mirada acuosa, buceando dentro de mí.
Algo que también guarda relación con lo anterior, es como se realiza un viaje. No se vive de igual manera yendo solo que acompañado. La intensidad y el disfrute no es igual de ir en plan mochilero, en un viaje organizado por el INSERSO, en un viaje de fin de curso, con el grupo de amigos, que con tu pareja, ya sea durante un viaje de novios, o cuando inicias una relación, y te enciendes al roce, y entonces te da lo mismo estar en Roma, que en un camping de mala muerte, tumbado sobre un suelo duro como una piedra, con un calor infernal, mosquitos chupándote la sangre y la cabeza como un tambor de hojalata recalentado, ya que todo será maravilloso aún a riesgo de que el exceso de azúcar nos produzca un shock-hiperglucímico.